Habitar el vacío: André Green y la clínica de lo no representado

14 de abril de 2026

En la práctica clínica, hay pacientes que hablan… pero no dicen.

Asocian… pero no producen sentido.

Acuden puntualmente… pero nada se transforma.

Y es ahí donde algo en el analista comienza a inquietarse.

No se trata de la resistencia clásica. No es solo represión.

Es otra cosa. Algo más silencioso, más opaco… más difícil de nombrar.

Es en este punto donde la obra de André Green se vuelve no solo pertinente, sino imprescindible.


Más allá de lo reprimido: lo que nunca fue representado

Durante mucho tiempo, el psicoanálisis se organizó en torno a la idea de que el conflicto psíquico proviene de contenidos reprimidos que buscan retorno. Sin embargo, en la clínica contemporánea, nos encontramos con pacientes en los que no hay tanto “retorno de lo reprimido”… sino ausencia de representación.

Green propone un desplazamiento fundamental: no todo lo inconsciente ha sido reprimido; hay zonas que nunca lograron inscribirse psíquicamente.

Esto implica un giro técnico y ético profundo.

Porque ya no se trata de interpretar lo oculto… sino de trabajar con lo que no está.


El trabajo de lo negativo: una clínica del límite

En El trabajo de lo negativo, André Green introduce una de sus contribuciones más potentes: pensar el psiquismo no solo desde lo que está presente, sino desde lo que falta, lo que se ha perdido o lo que nunca pudo constituirse.

Lo negativo no es simplemente ausencia.

Es una operación psíquica.

Incluye fenómenos como:

  • La desinvestidura
  • El vacío representacional
  • La desconexión afectiva
  • La imposibilidad de simbolizar


En estos pacientes, el analista no se enfrenta a un exceso de sentido… sino a su colapso.


La madre muerta: cuando el objeto se retira

Uno de los conceptos más clínicamente impactantes de Green es el de la “madre muerta”.

No se refiere a una muerte real, sino a una experiencia psíquica:

un objeto primario que, estando físicamente presente, se vuelve emocionalmente inaccesible.

El niño, ante esta retirada libidinal del objeto, no puede simbolizar la pérdida.

En lugar de duelo, se instala una identificación con el vacío.

En la clínica adulta, esto puede aparecer como:

  • Estados de vacío crónico
  • Desvitalización
  • Relaciones sin implicación afectiva
  • Discurso aparentemente coherente, pero sin espesor emocional


Aquí, interpretar no alcanza.

El analista es convocado a sostener algo mucho más primario:

la posibilidad misma de la experiencia psíquica.


Cuando el paciente no sueña, no recuerda, no simboliza

Green nos confronta con una pregunta incómoda pero central:

¿Qué hacemos cuando el aparato psíquico no produce material interpretable?

Pacientes que no sueñan.

Que no asocian libremente.

Que parecen “funcionar”, pero sin vida psíquica.

En estos casos, el trabajo analítico no puede apoyarse únicamente en la interpretación.

Se requiere una clínica que incluya:

  • La tolerancia al vacío
  • La capacidad de sostener el no-sentido
  • El reconocimiento de la contratransferencia como vía de acceso
  • La construcción progresiva de representaciones


El analista deja de ser solo intérprete… para volverse condición de posibilidad del pensar.


El riesgo del analista: cuando el vacío también lo toma

Uno de los aportes más finos de Green es mostrar cómo estos funcionamientos no solo afectan al paciente… sino también al analista.

Aparecen entonces:

  • Sensaciones de aburrimiento o desconexión
  • Dificultad para pensar durante la sesión
  • Ilusión de trabajo cuando en realidad no hay proceso
  • Evitación de la transferencia

Es decir, el analista puede quedar capturado en el mismo campo de lo negativo.


Por eso, trabajar desde Green implica también una posición ética:

reconocer la propia implicación y sostener el vínculo incluso cuando parece no haber nada.


Una clínica profundamente contemporánea

En una época marcada por:

  • la inmediatez,
  • la desconexión emocional,
  • los vínculos frágiles,
  • y la dificultad para simbolizar,

la obra de André Green se vuelve especialmente vigente.


Nos ofrece herramientas para pensar pacientes que no encajan del todo en las estructuras clásicas, y nos obliga a revisar nuestras certezas técnicas.


Formarse en la clínica de lo negativo

Comprender a Green no es sencillo.

Pero es una de las formaciones que más transforma la práctica clínica.

Porque no solo amplía la teoría…

transforma la posición del analista.


En Puentes del Ser, trabajamos la obra de André Green desde una perspectiva teórico-clínica, articulando conceptos como:

  • Lo negativo
  • La madre muerta
  • El narcisismo de vida y de muerte
  • La función desobjetalizante
  • La clínica del vacío y la no simbolización


Con el objetivo de que puedas llevarlo directamente a tu práctica.


Si algo de esto te resonó…

Probablemente ya te has encontrado con este tipo de pacientes.

O quizás has sentido ese “vacío” en sesión que no sabías cómo nombrar.

10 de diciembre de 2025
Hay momentos en los que el cuerpo toma la palabra. No lo hace con frases, sino con síntomas: una gastritis que vuelve sin causa aparente, un dolor de cabeza que aparece justo antes de una decisión importante, una crisis respiratoria en medio de un duelo no expresado. Desde el psicoanálisis, estos fenómenos se comprenden como manifestaciones del inconsciente a través del cuerpo, una forma en que lo no dicho, lo no simbolizado, encuentra su vía de expresión. El cuerpo como escenario de lo psíquico Freud fue el primero en mostrar que el síntoma físico puede tener un sentido inconsciente. En los inicios del psicoanálisis, los casos de histeria mostraban cómo el cuerpo podía representar algo que la palabra no alcanzaba a decir. Con el tiempo, la clínica psicosomática fue desarrollando una comprensión más compleja: hay síntomas que no “hablan” como los histéricos, sino que descargan una tensión imposible de simbolizar. En estos casos, el cuerpo se convierte en el lugar donde se inscribe aquello que no ha podido tramitarse psíquicamente. Como si el psiquismo dijera: “no puedo con esto, entonces lo entrego al cuerpo para que lo sostenga”. El lenguaje que se perdió: el papel del pensamiento y el afecto Autores como Pierre Marty, Michel de M’Uzan y Joyce McDougall profundizaron en esta línea. Ellos observaron que, en los pacientes con enfermedades psicosomáticas, suele haber una dificultad para poner en palabras las emociones. A esto lo llamaron pensamiento operatorio: un modo de funcionamiento psíquico en el que el sujeto actúa o somatiza en lugar de representar. Cuando la palabra no alcanza, el cuerpo se convierte en su sustituto. Pero el cuerpo no miente: traduce en forma de síntomas lo que no puede decirse. En ese sentido, la enfermedad no es un enemigo, sino un mensaje que pide ser escuchado. De la enfermedad al sentido El trabajo analítico no busca “curar” el síntoma de inmediato, sino abrir un espacio para que el sujeto pueda escucharse. A veces, cuando se le da un lugar simbólico a lo que el cuerpo está expresando, el síntoma puede modificarse o incluso desaparecer. Pero más allá de eso, el proceso analítico permite reconstruir un vínculo más amoroso con el propio cuerpo, entendiendo que no está en contra de nosotros, sino que intenta protegernos de algo que no logramos nombrar. El cuerpo como puente Desde Puentes del Ser, entendemos que el cuerpo no es sólo una estructura biológica, sino un puente entre el mundo interno y el externo, entre la historia emocional y la experiencia actual.  Escuchar al cuerpo con respeto y curiosidad puede transformarse en un camino de autoconocimiento. No se trata de buscar culpables ni de negar el tratamiento médico, sino de integrar la dimensión simbólica de lo que nos pasa. La psicosomática, en este sentido, nos invita a hacer un movimiento de reconciliación: escuchar el cuerpo para reencontrarnos con nuestra verdad emocional. Un cierre que abre Cada síntoma tiene una historia. A veces está escrita en silencios, en pérdidas, en duelos no elaborados, en exigencias que no se pudieron cuestionar. La invitación es a escuchar sin juzgar, a dejar que el cuerpo deje de cargar con aquello que la palabra puede empezar a decir. Como decía McDougall (1989): “El cuerpo enferma cuando el alma no encuentra palabras para su dolor”. Y tal vez, el trabajo terapéutico sea justamente eso: ayudar al alma a hablar, para que el cuerpo pueda descansar
24 de septiembre de 2025
En momentos de crisis, tristeza o confusión, muchas personas recurren a un amigo cercano en busca de alivio. Conversar con alguien de confianza puede traer calma inmediata, hacernos sentir escuchados y acompañados. Sin embargo, es importante reconocer que el apoyo afectivo de un amigo no sustituye el espacio profesional que brinda un proceso terapéutico. Ambas experiencias son valiosas, pero cumplen funciones diferentes y responden a necesidades distintas. El valor del apoyo afectivo Los amigos nos ofrecen cercanía, comprensión y compañía. Escuchar y ser escuchados por alguien significativo refuerza los vínculos emocionales y nos hace sentir menos solos. Un amigo puede dar consejos desde su experiencia personal, acompañarnos en nuestras alegrías y sostenernos en los momentos difíciles. Este tipo de apoyo es fundamental para el bienestar, ya que el ser humano es un ser relacional y necesita de la red afectiva para sentirse seguro. No obstante, los amigos no siempre cuentan con las herramientas necesarias para ayudarnos a comprender en profundidad lo que nos ocurre. Su visión, aunque llena de cariño, suele estar atravesada por juicios, creencias y experiencias propias que limitan la posibilidad de un análisis más amplio. El espacio terapéutico como encuentro profesional La terapia, en cambio, es un espacio profesional diseñado para favorecer la introspección y el crecimiento personal. El terapeuta no solo escucha, sino que interpreta, contiene y acompaña a partir de un marco teórico y ético que sostiene el proceso. A diferencia de un amigo, no aconseja desde lo vivido, sino que trabaja con el discurso, las emociones y las repeticiones inconscientes que configuran la vida psíquica del paciente. En la terapia, se despliega un lugar seguro donde es posible hablar sin miedo a ser juzgado, donde se puede explorar el dolor y la vulnerabilidad con la certeza de que será sostenido con respeto y confidencialidad. Allí se favorece el descubrimiento de recursos internos, la resignificación de experiencias y la apertura a nuevas formas de vivir las relaciones y la propia subjetividad. Diferencias clave entre ambos espacios Intención: el amigo busca acompañar desde el afecto; el terapeuta busca generar un proceso de transformación y autoconocimiento. Herramientas: el amigo ofrece consejos y experiencias; el terapeuta utiliza técnicas clínicas y marcos conceptuales. Relación: con los amigos existe reciprocidad; en la terapia el espacio está centrado en la necesidad del paciente. Confidencialidad y neutralidad: la terapia se rige por principios éticos y profesionales, lo que garantiza un sostén distinto al de la amistad. Conclusión Hablar con un amigo alivia, reconforta y fortalece lazos, pero no reemplaza el proceso terapéutico. Cada uno cumple un rol distinto y complementario: el amigo nos recuerda que no estamos solos, mientras que la terapia nos ayuda a comprendernos, sanar heridas y construir un modo más pleno de habitar la vida. En Puentes del Ser creemos que apoyarse en los vínculos y al mismo tiempo abrirse a un proceso terapéutico es una forma de cuidado integral. La amistad nos acompaña en el camino, y la terapia nos da las herramientas para transitarlo con mayor consciencia y libertad.